“Al ver a la viuda el Señor, le dio lástima y le dijo: no llores. Se acercó al ataúd, lo tocó y le dijo: ¡muchacho, a ti te lo digo, levántate!. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”. Lucas 7:11.
No es más que el amor apasionado de Dios por nosotros, lo que nos quiere presentar San Lucas cuando nos dice que Jesús “se conmovió entrañablemente” ante aquella viuda que, “para colmo”, se la acababa de morir su hijo.
Ella va a enterrar a su único hijo; se ha quedado solo en la vida, sin apoyo, sin seguridad para su ancianidad, ¿qué ilusión iluminaría en adelante todas sus tareas cotidianas? ¿Qué razones tendrá ya para vivir, puesto que se le ha muerto por quien vivía?.
Volvería a su casa fría y silenciosa y vacía; estaba tan muerta como su hijo. He aquí el encuentro de Jesús ante esta realidad: es el “gran corazón de Jesús” que viene para afrontar las lágrimas de todas las personas, por poder de la vida que tiene en él.
Es el encuentro de Jesús con el misterio más negativo de la persona, que es la muerte.
La “entrañable conmoción de Jesús” su misericordia se transforma para este muchacho, en resurrección, en vida; el amor creador de Dios es salvación, es vida, es novedad.
Dentro de poco Jesús ocupará el puesto del hijo de la viuda, porque su amor, su misericordia le hace ocupar el lugar del ser amado, totalmente y sin condiciones. Jesús sera conducido a la muerte, porque “tomó sobre si todas las enfermedades”, pero para transformarlas en vida eterna, por su resurrección.
Gracias a esto, nosotros creemos que Dios nos escucha, que nuestros sufrimientos, nuestros gritos de rebeldía o de miseria silenciosa son acogidos en la “entrañable misericordia” de Jesús.
¡Gracias, Señor! Porque tú no abandonas a los creen en ti al polvo de la corrupción y tu compasión es para nosotros fuente de vida.
El Salmo 100: Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.
Textos Bíblicos: 1 Timoteo 3:1-13; Lucas 7:11-17; 5 minutos de oración en el hogar

