Martes 11 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

Del libro del profeta Isaías: 40, 1-11.

Del santo Evangelio según san Mateo: 18, 12-14.

Santoral: San Dámaso I, Papa.

“Una voz grita en el desierto; preparadle un camino al Señor; … Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Mateo 18:12.

El mejor modo de disponer nuestra alma al Señor que llega es preparar muy bien la Confesión. La necesidad de este Sacramento, fuente de gracia y de misericordia a lo largo de nuestra vida, se pone especialmente de manifiesto en este tiempo en el que la Liturgia de la Iglesia nos impulsa y nos anima a esperar la Navidad.

Ella nos ayuda a rezar pidiendo:

Señor Dios, que para librar al hombre de la antigua esclavitud del pecado enviaste a tu Hijo a este mundo; concede, a los que esperamos con devoción su venida, la gracia de tu perdón soberano y el premio de la libertad verdadera.

La Confesión es también el Sacramento junto a la Sagrada Eucaristía, que nos dispone para el encuentro definitivo con Cristo al fin de nuestra existencia.

Toda nuestra vida es un continuado adviento, una espera del instante último para el que no dejamos de prepararnos día tras día. Nos consuela pensar que es el mismo Señor quien ardientemente desea que estemos con Él en la tierra nueva y en el Cielo nuevo que nos tiene preparados. Cada confesión bien hecha es un impulso que recibimos del Señor para seguir adelante sin desánimos, sin tristezas, libres de nuestras miserias.

Y Cristo nos dice de nuevo: Ten confianza, tus pecados te son perdonados, hijo mío, vuelve a empezar… Es Él mismo quien nos perdona después de la humilde manifestación de nuestras culpas. Confesamos nuestros pecados a Dios mismo, aunque en el confesionario los escuche el hombre-sacerdote.

Este hombre es el humilde y fiel servidor de ese gran misterio que se ha realizado entre el hijo que retorna y el Padre”.

“Las causas del mal no deben buscarse en el exterior del hombre, sino sobre todo, en el interior de su corazón. También su remedio parte del corazón.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 95: “Ya viene el Señor a renovar el mundo”.

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 9 al 16 Diciembre:

Padre Santo, hoy queremos confiarte nuestros deseos de gozo y de paz por el año que termina; bendícenos siempre y concédenos caminar todos los días por las sendas del amor y la fraternidad:

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por el Papa, los obispos y sacerdotes, para que velen fielmente en todo tiempo y circunstancia por la unidad de los cristianos. Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por todos aquellos que se sienten solos y vacíos en medio de las luces y alegrías de este último día del año, para que el Señor les conceda la gracia de la luz verdadera.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por los que se encuentran en una situación de conflicto familiar, de guerra y para que Dios nuestro Padre, les conceda la paz y la alegría de vivir.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por todas las familias que se desintegran a causa de herencias, odios y malos entendidos. Para que Dios, nuestro Padre, les ilumine su entendimiento y corazón y se reconcilien, reconociendo sus errores.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por los jóvenes para que, iluminados por la gracia de Dios, sepan unirse a la paz del mundo.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Por todos nosotros, para que Dios nos perdone los pecados cometidos durante el año que está por terminar y nos conceda la gracia de ser mejores en adelante y por toda la vida.

Quédate con nosotros Señor, y escúchanos.

Padre Santo, tú eres el único que conoce nuestro inquieto corazón, nuestros temores y esperanzas, nuestras virtudes y pecados; concédenos lo que te hemos pedido y haz que seamos iluminados por tu verdad y fortalecidos con tu vida, para descubrir en lo efímero del tiempo en peso hondo y misterios de tu eternidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.