Lunes 31 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

De la primera carta del apóstol san Juan 2, 18-21.

Del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18.

Santoral: San Silvestre, Papa.

Dios todopoderoso y eterno, que aceptaste que en el nacimiento de tu Hijo halle su principio y perfección la virtud que nos une a ti, concédenos que seamos contados entre los escogidos de aquel en quien está la plenitud de toda salvación humana. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

O bien de la conmemoración del santo:

Ayuda, Señor, a tu pueblo, que confía en la intercesión del Papa san Silvestre, para que la vida presente transcurra bajo tu guía, y merezcamos alcanzar felizmente la eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

“Y Aquel que es la Palabra, se hizo hombre, y habitó entre nosotros”. Juan 1:1-18.

Hoy, es un buen momento para hacer balance del año que ha pasado y propósitos para el que comienza. Buena oportunidad para pedir perdón por lo que no hicimos, por el amor que faltó; buena ocasión para dar gracias por todos los beneficios del Señor.

La Iglesia nos recuerda que somos peregrinos. Ella misma está presente en el mundo y sin embargo, es peregrina.

Se dirige hacia su Señor peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.

Nuestra vida es también un camino lleno de tribulaciones y de consuelos de Dios.

El tiempo de cada uno es una parte importante de la herencia recibida de Dios; es la distancia que nos separa de ese momento en el que nos presentaremos ante nuestro Señor con las manos llenas o vacías.

Sólo ahora, aquí, en esta vida, podemos merecer para la otra.

En realidad, cada día nuestro es un tiempo que Dios nos regala para llenarlo de amor a Él, de caridad con quienes nos rodean, de trabajo bien hecho, de ejercitar las virtudes… de obras agradables a los ojos de Dios.

Ahora es el momento de hacer el tesoro que no envejece. Este es, para cada uno, el tiempo propicio, éste es el día de la salud. Pasado este tiempo, ya no habrá otro. El tiempo del que cada uno de nosotros disponemos es corto, pero suficiente para decirle a Dios que le amamos y para dejar terminada la obra que el Señor nos haya encargado a cada uno.

Por eso nos advierte san Pablo: “andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, pues pronto viene la noche, cuando ya nadie puede trabajar”. La brevedad del tiempo es una llamada continua a sacarle el máximo rendimiento de cara a Dios.

Hoy, en nuestra oración, podríamos preguntarnos si Dios está contento con la forma en que hemos vivido el año que ha pasado. Si ha sido bien aprovechado o por el contrario, ha sido un año de ocasiones perdidas en el trabajo, en el apostolado, en la vida de familia; si hemos abandonado con frecuencia la Cruz, porque nos hemos quejado con facilidad al encontrarnos con la contradicción y con lo inesperado.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 95: “Alégrense los Cielos y la tierra”.

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 25 al 31 Diciembre:

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración. Podrías…

Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad. Piensa unos momentos, en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito.

No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que, el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte la más interesante, no puede leerlo más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en la última noche del año. Pero sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el Cielo y dile a Dios sólo dos palabras: ¡Gracias!, ¡perdón!.

Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras. Pon el nombre de Dios en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.

Domingo 30 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

Del primer libro de Samuel: 1, 20-22. 24-28.

De la primera carta del apóstol san Juan: 3, 1-2. 21-24.

Del santo Evangelio según san Lucas: 2, 41-52.

Santoral: FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA.

Señor Dios, que te dignaste dejarnos el más perfecto ejemplo en la Sagrada Familia de tu Hijo, concédenos benignamente que, imitando sus virtudes domésticas y los lazos de caridad que la unió, podamos gozar de la eterna recompensa en la alegría de tu casa. Por nuestro Señor Jesucristo…

“Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres”.

Lucas 2,41-52.

La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: No temas María. Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: “José, hijo de David, no temas”. A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: “No tengáis miedo”.

Este comienzo de la entrada de Dios en el mundo marca un estilo propio de la presencia de Jesús entre los hombres.

Más tarde, acompañado ya de sus discípulos, atravesaba Jesús un día el pequeño mar de Galilea y se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las olas cubrían la barca.

San Marcos precisa el momento histórico del suceso: fue por la tarde del día en el que Jesús habló de las parábolas sobre el Reino de los Cielos. Después de esta larga predicación, se explica que el Señor, cansado, se durmiese mientras navegaban. La tormenta debió de ser imponente. Aquellas gentes, aunque estaban acostumbradas al mar, se vieron sin embargo, en peligro y recurrieron angustiados a Jesús: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!. Los Apóstoles respetarían al principio el sueño del Maestro. Pero el mar se embravecía más y más y el peligro de naufragio era inminente.

Entonces, inquietos, con miedo, acuden al Señor como único y definitivo recurso. Le despertaron diciendo: ¡Maestro, que perecemos!. Jesús les respondió. ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?.

¡Qué poca fe también la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad!. Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias que nos rodean: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente.

Se tiene miedo de casi todo, muchas veces es el resultado de la ignorancia, del egoísmo (la excesiva preocupación por uno mismo, la ansiedad por males que tal vez nunca llegarán, etc.) pero, sobre todo, es consecuencia de que en ocasiones apoyamos la seguridad de nuestra vida en fundamentos muy frágiles.

Nos podríamos olvidar de una verdad esencial: Jesucristo es siempre nuestra seguridad. No debemos olvidar jamás que estar cerca de Jesús, aunque parezca que duerme, es estar seguros. En momentos de turbación, de prueba, Jesús no se olvida de nosotros: “nunca falló a sus amigos”, nunca.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 83: “Señor, dichosos los que viven en tu casa”.

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 25 al 31 Diciembre:

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración. Podrías…

Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad. Piensa unos momentos, en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito.

No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que, el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte la más interesante, no puede leerlo más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en la última noche del año. Pero sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el Cielo y dile a Dios sólo dos palabras: ¡Gracias!, ¡perdón!.

Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras. Pon el nombre de Dios en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.

Sábado 29 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

De la primera carta del apóstol san Juan 2, 3-11.

Del santo Evangelio según san Lucas 2, 22-35.

Santoral: Santo Tomás Becket, Obispo mártir.

Dios todopoderoso e invisible, que, con la luz de tu venida, ahuyentaste las tinieblas del mundo, míranos con rostro sereno, para que sobreabundemos en toda alabanza, proclamando dignamente la gloria del nacimiento de tu Unigénito. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

O bien de la conmemoración del santo:

Dios nuestro, tú que concediste al mártir santo Tomás Becket grandeza de alma para entregar su vida por la justicia, concédenos, por su intercesión, la gracia de renunciar a nuestra vida por Cristo en este mundo, para poderla encontrar en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

“ Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel”. Lucas 2:22-35.

El Niño que contemplamos estos días en el Belén es el Redentor del mundo y de cada hombre.

Viene en primer lugar para darnos la vida eterna, como anticipo en nuestra vida terrena y como posesión plena después de la muerte.

Se hace hombre para llamar a los pecadores para salvar lo que estaba perdido, para comunicarles a todos la vida Divina.

Durante sus años de vida pública, manifiesta en diversas ocasiones que no quiere ser un Mesías político o un libertador del yugo romano. Viene a darnos la libertad de los hijos de Dios:

Libertad del pecado, en el que caímos y fuimos reducidos a la condición de esclavos.

Libertad de la muerte eterna, consecuencia también del pecado.

Libertad del dominio del demonio, pues el hombre puede vencer ya el pecado con el auxilio de la gracia.

Libertad de la vida según la carne, que se opone a la vida sobrenatural.

La libertad traída por Cristo en el Espíritu Santo nos ha restituido la capacidad -de la que nos había privado el pecado- de amar a Dios por encima de todo y permanecer en comunión con Él.

El Señor, con su actitud, señaló también el camino su Iglesia, continuadora de su obra aquí en la tierra hasta el fin de los tiempos.

A los cristianos nos toca contribuir a crear un orden más justo, más humano, más cristiano, sin comprometer con nuestra actuación a la Iglesia como tal.

La solicitud de la Iglesia por los problemas sociales deriva de su misión espiritual y se mantiene en los límites de esa misión.

Ella, en cuanto tal, no tiene como misión los asuntos temporales. Sigue así a Cristo que afirmó que su Reino no es de este mundo, se negó expresamente a ser constituido juez o promotor de la justicia humana.

Sin embargo, ningún cristiano debe renunciar a poner todo lo que esté de su parte para resolver los grandes problemas sociales que afectan hoy a la humanidad.

Que cada uno se examine -pedía Pablo VI- para ver lo que ha hecho hasta aquí y lo que debe hacer todavía.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 95: “Cantemos la grandeza del Señor”.

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 25 al 31 Diciembre:

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración. Podrías…

Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad. Piensa unos momentos, en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito.

No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que, el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte la más interesante, no puede leerlo más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en la última noche del año. Pero sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el Cielo y dile a Dios sólo dos palabras: ¡Gracias!, ¡perdón!.

Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras. Pon el nombre de Dios en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.

Viernes 28 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

De la primera carta del apóstol san Juan 1, 5-2, 2.

Del santo Evangelio según san Mateo 2, 13-18.

Santoral: Santos inocentes, mártires.

“Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo, y mandó matar a todos los niños que habían en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo”. Mateo 2:13-18.

No hay explicación fácil para el sufrimiento y mucho menos para el de los inocentes. Sufrimiento inútil e injusto, de unos niños que dan sus vidas por una Persona y por una Verdad que aún no conocen.

El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres. ¿Por qué no evita Dios Todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil?.

El dolor es un misterio y sin embargo, el cristiano con fe sabe descubrir en la oscuridad del sufrimiento, propio o ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que sabe más y ve más lejos y entiende de alguna manera las palabras de san Pablo: “para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien”, también aquellas que nos resultan dolorosamente inexplicables o incomprensibles. No es difícil contemplar los acontecimientos en su auténtica perspectiva: siempre observamos una parte muy pequeña de la verdadera realidad; sólo vemos la realidad de aquí abajo, la inmediata. Tendremos a mirar la existencia terrena como la definitiva y con no poca frecuencia consideramos el tiempo aquí en la tierra como en el momento que debieran realizarse y ser saciadas las ansias de perfecta felicidad que nuestro corazón encierra.

Hoy, veinte siglos más tarde, seguimos conmoviéndonos al pensar en los niños degollados y en sus padres. Para los niños, el tránsito fue rápido; en el otro mundo conocerían enseguida por quién habían muerto, cómo le habían salvado y la gloria que les esperaba.

Para los adres, el dolor sería más largo, pero cuando murieran, comprenderían también cómo Dios, que estaba en deuda con ellos, paga las deudas con creces.

Unos y otros sufrieron para salvar a Dios de la muerte.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 123: “Nuestra vida se escapó como un pájaro en la trampa de los cazadores”.

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 25 al 31 Diciembre:

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración. Podrías…

Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad. Piensa unos momentos, en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito.

No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que, el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte la más interesante, no puede leerlo más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en la última noche del año. Pero sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el Cielo y dile a Dios sólo dos palabras: ¡Gracias!, ¡perdón!.

Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras. Pon el nombre de Dios en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.

Jueves 27 de Diciembre de 2018

Si la oración se hace en la mañana:

Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…

Si la oración se hace en la tarde:

Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra.

Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad.

Padre nuestro.

De la primera carta del apóstol san Juan: 1, 1-4.

Del santo Evangelio según san Juan: 20, 2-9.

Santoral: San Juan, Apóstol y evangelista.

Dios nuestro, que por medio del apóstol san Juan nos revelaste los misterios de tu Palabra hecha carne, concédenos la gracia de comprender con claridad lo que él nos enseñó tan admirablemente. Por nuestro Señor Jesucristo…

“Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó”. Juan 20:2-9.

El Apóstol san Juan era natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera norte del mar de Tiberiades. Sus padres eran Zebedeo y Salomé; familia acomodada de pescadores que, al conocer al Señor, no dudan en ponerse a su total disposición.

Juan y Santiago, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron. Salomé, la madre, siguió también a Jesús, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén y acompañándole hasta el Calvario.

Juan había sido discípulo del Bautista cuando éste estaba en el Jordán, hasta que un día pasó Jesús cerca y el Precursor le señaló: He ahí el Cordero de Dios. Al oír esto, fueron tras el Señor y pasaron con Él aquel día.

Nunca olvidó san Juan este encuentro. No quiso decirnos nada de lo que aquel día habló con el Maestro. Sólo sabemos que desde entonces no le abandonó jamás; cuando ya anciano escribe su Evangelio, no deja de anotar la hora en la que se produjo el encuentro con Jesús, era alrededor de la hora décima, las cuatro de la tarde.

Volvió a su casa en Betsaida al trabajo de la pesca. Poco después, el Señor, tras haberle preparado desde aquel primer encuentro, le llama definitivamente a tomar parte de grupo de los Doce.

San Juan era, con mucho el más joven de los Apóstoles; no tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del Señor y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo.

En san Juan y en todos, la vocación da sentido aún a lo más pequeño. El descubrimiento de la vocación personal es el momento más importante de toda existencia.

Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro, en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían desaparecido.

Así ha de ser nuestra vida, pues aunque el Señor hace llamamientos especiales, toda su predicación tiene algo que comporta una vocación, una invitación a seguirle en una vida nueva, cuyo secreto Él posee.

Reflexión en silencio y comentarios.

Del Salmo 96: “Alégrense, justos, con el Señor”

ORACIÓN FINAL COMUNITARIA: Del 25 al 31 Diciembre:

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, una oración. Podrías…

Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad. Piensa unos momentos, en esta última noche del año.

Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito.

No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año.

Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que, el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libertad sobre la superficie inmensa y movediza del mundo.

Es un libro misterioso, que en su mayor parte la más interesante, no puede leerlo más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en la última noche del año. Pero sobre todo, reza sobre tu libro viejo.

Tómalo en tus manos, levántalo hacia el Cielo y dile a Dios sólo dos palabras: ¡Gracias!, ¡perdón!.

Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar.

Esa noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras. Pon el nombre de Dios en la primera página. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano… y del corazón.