Lecturas para este día: Jeremías 20: 10-13. Juan 10: 31-42.

¨Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado: Mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo¨. Jeremías 20: 10-13.

El miedo a convertirse en víctima de la venganza y del castigo de Dios ha paralizado la vida intelectual y emocional de mucha gente, independientemente de la edad, religión o estilo de vida.

El miedo a Dios es una de las grandes tragedias humanas.

Mientras el Padre despierte miedo, continuará siendo un intruso y será imposible que ponga su morada en mi interior. Mi vocación última es la de ser como el Padre y vivir su divina compasión en mi vida cotidiana. ¿Por qué prestamos tanta atención a los hijos cuando es el padre el centro, aquél con quien debo identificarme? ¿Por qué hablar tanto de ser como los hijos cuando la pregunta clave es: ¿Quieres ser como el como el Padre?

Uno se siente bien al poder decir: ¨Estos hijos son como yo¨, porque siente que se le comprende. Pero ¿Cómo sienta decir: ¨El Padre es como yo? ¿Quiero ser no sólo como aquel que es perdonado, sino también como aquél que perdona; no sólo como aquél a quien se le da la bienvenida, sino también como aquél que la da; no sólo como aquél que recibe misericordia, sino también como aquél que la da?.

Tal vez, la afirmación más radical que hizo Jesús fue: ¨Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso¨ (Lucas 6: 36)

Jesús describe la misericordia de Dios no sólo para mostrarme lo que Dios siente por mí, o para perdonarme los pecados y ofrecerme una vida nueva y mucha felicidad, sino para invitarme a ser como Dios y para que sea tan misericordioso con los demás como lo es Él conmigo. Convertirse en el Padre celestial no es sólo un aspecto importante de las enseñanzas de Jesús; es el núcleo mismo de su mensaje.

Del Salmo 17: Sálvame, Señor, en el peligro.

Reflexión y comentarios…

Lecturas para este día: Génesis 17: 3-9. Juan 8: 51-59.

“Dijo Dios a Abraham: Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Les daré a ti y a tu descendencia futura, la tierra en que peregrinas”. Génesis 17: 5.

Durante mucho tiempo consideré la baja autoestima una virtud. Me habían prevenido tanto contra el orgullo y la presunción que llegué a considerar que despreciarme era algo bueno.

Pero ahora me he dado cuenta de que el verdadero pecado es negar el amor de Dios hacia mí, ignorar mi valía personal. Porque sin reclamar este primer amor y esta valía, pierdo el contacto con mi verdadero yo y comienzo a buscar en lugares equivocados lo que sólo puede encontrarse en la casa del Padre.

Detrás de mucha de la competitividad y rivalidad humana; detrás de tanta confianza en uno mismo y de tanta arrogancia, a menudo se esconde un corazón inseguro, mucho más inseguro de lo que uno se imagina. Muchas personas triunfadoras en sus vidas profesionales dicen: ¨Si la gente supiera lo que hay en lo más profundo de mí mismo, dejarían de aplaudirme y de alabarme¨.

Este es un ejemplo de cómo vive mucha gente; nunca están completamente seguros de que se les quiere tal y como son. Muchos tienen historias terribles que explican el bajo concepto que tienen de sí mismos: Historias sobre padres que no les dieron lo que necesitaban, sobre profesores una iglesia que les dejó en un momento crítico de sus vidas.

La parábola del hijo pródigo es la historia que habla del amor que ya existía antes de que cualquier rechazo y que estará presente después de que se hayan producido todos los rechazos. Es el amor primero y duradero de un Dios que es Padre y Madre. Es la fuente del amor humano, incluso del más limitado…

Del Salmo 104: El Señor nunca olvida sus promesas.

Reflexión y comentarios…

Lecturas para este día: Isaías 7: 10-14. Hebreos 10: 4-10. Lucas 1: 26-38.

¨Alégrate, llena de gracia, el Señor está conmigo¨.  Lucas 1: 28.

No hay duda (en la parábola) de cómo es el corazón del padre. Su corazón sale al encuentro de sus dos hijos; quiere a los dos; espera verlos juntos como hermanos alrededor de la misma mesa; quiere que sientan que, aun siendo diferentes, pertenecen a la misma casa y son hijos del mismo padre.

La historia del padre y de sus dos hijos perdidos, lo que hace es afirmar que no fui yo quien elijó a mí. Éste es el gran misterio de nuestra fe. Nosotros no elegimos a Dios, nos elige a nosotros. Ahora me pregunto si durante todo este tiempo he sido lo suficientemente consciente de que Dios ha estado intentando encontrarme, conocerme y quererme.

La cuestión no es: ¨¿ Cómo puedo encontrar a Dios ?¨ sino: ¨¿ Cómo puedo dejar que Dios me encuentre ?¨.
La cuestión no es: ¨¿ Cómo puedo conocer a Dios ? ¨ sino: ¨¿ Cómo puedo dejar que Dios me conozca ?¨.
Y, finalmente, la cuestión no es: ¨¿ Cómo puedo amar a Dios ?¨ sino: ¨¿ Cómo puedo dejar que Dios me ame ?¨.

Dios me busca en la distancia, tratando de encontrarme, y deseando llevarme a casa. Dios no es el patriarca que se queda en casa, inmóvil, esperando a que sus hijos vuelvan a él, esperando a que pidan disculpas por su comportamiento, que pidan perdón, y prometan cambiar. Al contrario, abandona la casa, sin hacer caso de su dignidad al correr en su busca, ignorando las disculpas y promesas de cambiar, y los conduce a la mesa magníficamente preparada para ellos.

Necesito dejar de pensar en Dios como en alguien que se esconde y que me pone todas las dificultades posibles para que le encuentre, y comience a pensar en Él como Aquél que me busca mientras yo me escondo. Cuando sea capaz de de mirar con los ojos de Dios y descubra su alegría por mi vuelta a casa, entonces en mi vida habrá menos angustia y más confianza.

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23
Mar

El amor del Padre

   Publicado por: Admin en 5 Minutos de Oracion en el Hogar

Lecturas para este día: Daniel 13: 1-9. 15-17. Juan 8: 1-11.

¨El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra¨. Juan 8: 1.

Estaba aún distante cuando su padre lo vio y se conmovió. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. Lucas 15: 11-32.

El Abrazo del Padre ve mucho más. Su mirada es eterna, una mirada que alcanza a toda la humanidad. Una mirada que comprende el extravío de los hombres de todos los tiempos y lugares, que conocen con inmensa compasión el sufrimiento de aquellos que han elegido marcharse de casa, que han llorado mares de lágrimas al verse atrapados por la angustia y la agonía.

El corazón del padre arde con un deseo inmenso de llevar a sus hijos a casa. Cuánto hubiera deseado hablar con ellos, advertirles de los peligros que les acechaban y convencerlos de que en casa podían encontrar todo lo que estaban buscando en otros lugares. Cuánto hubiera deseado que nada mas les ocurriera. Pero su amor es demasiado grande para hacer nada de esto. No puedo forzar, obligar, presionar. Da libertad para rechazar ese amor o para responder a él. La inmensidad del amor divino es precisamente fuente de divino sufrimiento.

Dios, como Padre, quiere que sus hijos sean libres, libres para amar. Esa libertad incluye la posibilidad de que se marchen de casa, ¨vayan a un país lejano¨ y que allí lo pierdan todo. Sufre cuando sus hijos le honran con sus labios pero sus corazones están lejos (Mateo 15: 8). Conoce sus lenguas engañosas y sus corazones desleales (Salmo 78), pero no puede hacer que le quieran sin perder su verdadera paternidad. No hay lujuria, codicia, ira, resentimientos, celos o venganza en sus hijos perdidos que no le hayan causado un dolor inmenso. Desde ese profundo lugar donde el amor abraza todo el dolor humano, el Padre llega a sus hijos. Su abrazo, sólo busca curar. ¡Curarte!, ¡Si te dejas…!

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Lecturas para este día: Isaías 49: 8-15. Juan 5: 17-30.

¨Les aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado ya de la muerte a la vida¨.  Juan 5: 17-30.

La parábola no tiene un final feliz. Al contrario, nos pone cara a cara ante una de las cuestiones espirituales más difíciles: Confiar o no confiar en el amor de Dios que lo perdona todo. Yo soy el único que puede elegir, nadie puede hacerlo en mi lugar. Parece mucho más fácil volver desde una aventura de lujuria que volver desde una ira fría que ha echado raíces en los rincones más profundos de mí mismo. Mi resentimiento no es algo que pueda distinguirse con facilidad o ser tratado de forma racional. Es mucho más peligroso: Algo que se une a lo más profundo de mi virtud. ¿Acaso no es bueno ser obediente, servicial, cumplidor de las leyes, trabajador y sacrificado? Mis rencores y quejas parecen estar misteriosamente ligadas a estas elogiables actitudes. Esta conexión me desespera. Justo en el momento en que quiero hablar o actuar desde lo más generoso de mí mismo, me encuentro atrapado en la ira y el rencor. Y cuanto más desinteresado quiero ser, más me obsesiono porque me quieran. Cuanto más lo doy todo de mi para que algo salga bien más me pregunto por qué los demás no lo dan todo como yo. Cuando pienso que soy capaz de vencer mis tentaciones, más envidia siento hacia los que ceden a ellas. Parece que allí donde se encuentra mi mejor yo, se encuentra también el yo resentido y quejoso. Y es aquí donde me veo frente a frente con mi verdadera pobreza. Soy incapaz de acabar con mis resentimientos. Están tan profundamente anclados dentro de mí que arrancarlos parecería algo así como una autodestrucción.

Del Salmo 144: El Señor es compasivo y misericordioso.

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